LAS PENAS y ALEGRÍAS DEL MEDIO AMBIENTE, sus políticas y sus políticos.

jueves, 22 de agosto de 2013

CAMBIO CLIMATICO
Novedades del verano



Si descubre un viticultor de Surrey (Reino Unido) con aspecto feliz no hace falta que pregunte la razón de su alegría: el cambio climático le está haciendo un maravilloso regalo. Cada año sus tierras se parecen más a la Champagne francesa, produciendo un vino chispeante y fresco. Pronto veremos los caldos británicos achampañados compitiendo en el mundo con el cava del Penedés (España).

Mientras las Islas Británicas regresan a una especie de primavera medieval, aunque inundada, este mes de agosto está martirizando las Islas Canarias con temperaturas superiores a los 41ºC (San Bartolomé de Tirajana – isla de Gran Canaria – 12 de agosto). No es otra de esas olas de calor africano que van y vienen cada año con mayor frecuencia. Es algo más. Si las Islas Canarias nunca renegaron de su africanismo formal, también la península Ibérica empieza a formar parte del clima sahariano y los embolsamientos de aire tórrido se instalan sobre La Mancha con la misma desenvoltura que sobre Ouagadougou.

Sábado 17 de agosto de 2013 en la costa occidental de Cantabria (España). Sol y moscas. El Mar Cantábrico es un lago suizo. Los años pasan implacables y los estudios científicos, iniciados diez o doce años, atrás empiezan a ofrecer resultados sobre las consecuencias del cambio climático. Uno de los más recientes analiza el progresivo desplazamiento de las especies marinas hacia áreas más frescas de los océanos, huyendo del agua recalentada de los trópicos. Nada que señalar al respecto, salvo que la naturaleza es sabia y busca soluciones. Pero se observa que la emigración hacia los polos se efectúa a diferentes velocidades, según las formas de vida. El más rápido en emigrar es el phytoplancton (algas verdes unicelulares), que avanza a unos 470 km cada decenio. Le siguen en esa escapada los peces óseos, con 277 km por década, y el zooplancton con 142 km. Los más lentos en viajar hacia el frescor son las poblaciones de peces cartilaginosos (tiburones, rayas, torpedos,…), los crustáceos, las algas y los moluscos, que emigran al pausado ritmo de 6 km cada diez años.


Muestra de phytoplancton . Los más pequeños son
los más rápidos en escapar del calor

Si la emigración preocupa, por sus imprevisibles implicaciones pesqueras, lo verdaderamente importante es la marcada diferencia de velocidades. Mezclar lentitud y rapidez entre los diversos componentes de un ecosistema tan complejo como el oceánico es un cataclismo ecológico. Se puede llegar a una desestabilización y posible reconfiguración de las relaciones entre los seres vivos del mar. Si el phytoplancton emigra, los peces que lo comen disminuyen (peces herbívoros – peces “forraje”). Si los peces herbívoros mueren de hambre o se van, los peces carnívoros pasan hambre o desaparecen. Al rediseño del ecosistema se suma la acidificación de los océanos, al disolverse en el agua marina más cantidad del CO2 acumulado en la atmósfera. Además, el recalentamiento del océano no es uniforme, sino estratificado (“termoclinas”). La traducción es menos oxígeno disuelto en amplias capas de agua, hasta generarse “zonas muertas” o anóxicas. La pesca y los pescadores tienen serio un desafío por delante.

Pero ¿es verdad que los océanos se están calentando? En el año 2003 comenzó el programa de instalación de radiobalizas ARGOS que mide la temperatura de los océanos mundiales. Desde entonces, miles de radiobalizas (sondas) anotan los cambios en la temperatura del agua en mares y océanos en los primeros 700 m. de profundidad y hasta los 2.000 m. Para hacerse una idea de lo que está sucediendo, algunos científicos explican que el aumento registrado de las temperaturas equivale al calor acumulado por una bomba termonuclear, como la de Hiroshima, explotando cada segundo en el seno de los océanos desde el año 2003. Los datos del programa ARGOS son recopilados por la norteamericana NOAA, a través de su National Oceanographic Data Center.


Calor almacenado en los océanos desde 1955 (NOAA). El línea roja,
en los primeros 700 metros. En línea negra, hasta los 2.000 metros de profundidad.

A pesar de estos sudores, los clima-escépticos siguen a su bola, quizá porque detrás de la bola hay dinero fresco. Últimamente, el más abundante en manifestaciones es el Dr. Henrik Svenmarck y su teoría de los rayos cósmicos como creadores de nubes y como los “verdaderos” motores del cambio climático. El científico danés acaba de hacer dos cosas divertidas. La primera, asegurar que “los miles de boyas desplegadas desde 2003 para medir la temperatura de los océanos no han registrado elevaciones”. Un embuste que deja estupefactos al programa ARGOS, a sus radiobalizas, a sus satélites asociados, a toda su informática y a los cientos de científicos que, a lo largo del ancho mundo, lo analizan y coordinan. La segunda cosa que ha hecho el científico danés ha sido explorar otra vía de confusión climática al anunciar que la Tierra se encamina hacia un nuevo “Mínimo Solar” de actividad y, en consecuencia, hacia otra “Pequeña Era Glaciar” (LIA - Little Ice Age). Esto requiere una breve aclaración.

Como es sabido, el Sol es un desmesurado reactor nuclear de fusión que tiene pequeños altibajos en su producción de energía. El número de manchas solares (Sunspots) es un indicador de mayor o menor actividad solar y, como consecuencia, de la cantidad de radiación solar que llega a la Tierra. Cuando las manchas solares disminuyen en número, frecuencia o extensión, disminuye la actividad solar y se genera un período de enfriamiento del clima terrestre. Los LIA, coincidentes con épocas de pocas manchas solares, pueden durar décadas y se denominan períodos “Minimum”. Los dos más señalados y bien conocidos fueron el período Maunder Minimum, entre 1645 y 1715, y el Dalton Minimum, entre 1790 y 1830.


400 años de observación del número de manchas solares.
Destacan los "Minimum" de la segunda mitad del siglo XVII y primera del mitad del XIX. El alza de las
temperaturas  hasta fin del siglo XVIII coincide con la revolución agraria.

El primero fue causado por un descenso del 0,26% de la radiación solar, mientras que en el segundo la bajada fue del 0,08%, suficiente para fastidiar la invasión de Rusia por las tropas de Napoleón, literalmente congeladas por unos inviernos memorablemente gélidos. En este último caso, la temperatura media de la Tierra descendió una media de -0,8º C. La experiencia de los últimos milenios muestra que nuestro Sol, afortunadamente, es muy estable en su actividad. Si sobreviene una nueva LIA, la bajada media de las temperaturas mundiales sería de -0,3º C y no rebasaría, en el peor de los casos, la cifra de -1º C.  Es un descenso alejado de los -5º C  necesarios para formar una nueva Glaciación, e insuficiente para compensar los +3º C que nos anuncia el escenario de cambio climático actualmente más realista (+6º C en la variante más pesimista).

En todo caso, verdaderos calentamientos globales o fantasiosos enfriamientos globales son igualmente catastróficos para la sociedad humana y para la vida en extensas zonas de la Tierra. Porque, salvo en el caso de las Eras Glaciales, la actividad solar puede provocar oscilaciones en el clima medio terrestre de entre +1ºC y -1ºC. Gracias a esa estabilidad climática, en los últimos 10.000 años “interglaciares” la humanidad dejó de nomadear, creó la agricultura y se desarrolló hasta los niveles actuales. Ciertamente, la estabilidad del Sol ha permitido que el ser humano se haya convertido en una plaga.


Resumiendo, con embustes y con fantasías se puede alcanzar cierta notoriedad, imitando así la manera de actuar de tantos políticos, pero no se conjuran las amenazas que pesan sobre el futuro de nuestros hijos y nietos a causa de la acumulación de los gases de efecto invernadero. De momento, Nueva York empieza a desarrollar su costoso proyecto de diques que detengan el océano (20.000 millones $), ante el aumento de los huracanes y la subida de nivel del Atlántico. En España, el cambio climático nos cogerá como a todos los idiotas: con los calzoncillos bajados a la altura de las rodillas.

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