LAS PENAS y ALEGRÍAS DEL MEDIO AMBIENTE, sus políticas y sus políticos.

martes, 10 de marzo de 2015

SACRIFICIOS
Un relato quizá comprensible

 
El desbordamiento del río Ebro y sus afluentes en el Reino de España,
en los primeros días de marzo de 2015 puede ser el resultado de muchos
factores, donde aparecen la gran sombra del cambio climático y posibles fallos en la regulación.
La cuenca del gran río español dispone de un Sistema Automático de Información Hidrológica (SAIH) que se ha mostrado incapaz de conjurar la inundación mediante un sistema de regulación (embalses). El problema surge cuando el largo tramo medio del río no está regulado y cuando los embalses pertenecen a empresas eléctricas privadas, quizá reticentes a turbinar o desaguar cuando no les conviene económicamente. ¿Se hará público un  análisis transparente de las causas?

Ha quedado atrás una fea semana de marzo en el Reino de España, con inexplicadas inundaciones en el norte del país (desbordamiento del río Ebro), con absurdos calores veraniegos en el sureste de la nación, con los 150.000 millones de euros que cuestan los perturbadores endocrinos a los europeos (cáncer, diabetes, obesidad, infertilidad..), con la certificada pobreza que sumerge a 12,5 millones de españoles (Comisión Europea) y con los probados retrocesos de Europa en materia de protección de sus espacios naturales (Agencia Europea de Medio Ambiente – Informe 2015).

Pero la pasada semana ha sido también la escogida por la periodista norteamericana Naomi Klein para describir en una colección de artículos el sistema que provoca tanta desgracia y tanto retroceso. Después de apabullarnos con su libro “No logo” (1999), mostrando las trampas y miserias de las corporaciones multinacionales, Klein entra en el debate sobre el cambio climático y sus consecuencias. Este sería el resumen de su último libro ("This changes everything: capitalism vs the climate"- diciembre 2014), de donde derivan los artículos mencionados .

A estas alturas, parece evidente que la mayoría de los políticos del siglo XXI se opone a frenar el cambio climático de manera firme. Dejadas atrás las payasadas del negacionismo, demasiado estúpidas para perdurar ante tanta evidencia, los argumentos para rechazar acciones decididas contra el calentamiento global se basan ahora en dos grandes “excusas”: la dificultad de poner de acuerdo a todos los países y el sacrificio que esas acciones supondría para la población.

La dificultad es una excusa ridícula. Antes de que el mundo se globalizara, los políticos fueron capaces de superar todas las dificultades estratégicas e ideológicas para frenar la carrera de las armas nucleares y evitar su propagación (Tratado de no proliferación de armas nucleares - 1968). Otra dificultad superada fue la firma del Protocolo de Montreal (1989) para defender la capa de ozono frente a los gases CFC y halones industriales. En 2014, el agujero abierto en la capa de ozono seguía retrocediendo lentamente, revertiéndose el problema. Tampoco tuvo problemas mayores el acuerdo de Bretón Woods (1944) que creó un nuevo sistema comercial internacional.

En cuanto al sacrificio que supondría para la población el disminuir la quema de  energías fósiles, desprecia la inteligencia del ciudadano. Después de treinta años de declive social (desde 1985) los ciudadanos saben mucho de sacrificios: pensiones reducidas; disminución de los derechos laborales; penuria laboral; salarios en caída libre; energía más cara; enseñanza más costosa; salud más cara y privatizada; intoxicación masiva alimentaria y respiratoria; pandemia de cáncer;… Estos sacrificios, impuestos o derivados de la actuación empresarial, ¿atienden al bienestar de la sociedad? En absoluto. Su llegada obedece al deseo de estabilizar el sistema que, precisamente,  hace la vida más cara y más precaria.

Al mencionar “el sistema” se está identificando la raíz de la inacción y de la desgana ante el cambio climático, porque actuar contra el calentamiento supone entrar en colisión con el capitalismo. Ese capitalismo fundamentalista y extremo, ahora rebautizado púdicamente como neoliberalismo, que favorece a las corporaciones multinacionales recurriendo a tres factores: la privatización de los bienes públicos; la desregulación de las corporaciones financieras y empresariales (Consenso de Washington – 1990); y la disminución de las tasas e impuestos a esas corporaciones.

Las supuestas ventajas de estos tres factores benefician sólo a una élite, pero sus consecuencias son nefastas para el resto de la sociedad al crear una gran inestabilidad en los mercados financieros con las reiteradas crisis que genera la especulación institucionalizada, aumentar la pobreza de forma general y provocar el deterioro y ruina de infraestructuras y servicios públicos, sin mencionar el agravio de los excesos de los más ricos, a veces mostrados como vergonzosos ejemplos de buen desarrollo e innovación.

En esta situación de dominio global “neoliberal”, los gobiernos centrales se encuentran voluntariamente atados de pies y manos ante el cambio climático. La consecuencia es la imposibilidad manifiesta de que los poderes públicos favorezcan la implantación paulatina de una sociedad y unos servicios “bajos en carbono” desde instituciones desmanteladas. Cualquier medida tendente a regular, tasar o penalizar el uso de combustibles fósiles es rápidamente calificada desde el núcleo duro del sistema como formas de control socialista, comunista o populista.

Cualquier iniciativa para favorecer e impulsar las energías limpias y renovables mediante ayudas públicas se transforma en un atentado contra las subvenciones y las ayudas que hoy reciben el carbón y los derivados del petróleo.  De ahí la paulatina retirada de ayudas a las energías renovables (solar y eólica) en el Reino de España a través de gobiernos socialistas y conservadores.

Si el cambio climático es ya una fuente de pobreza y de dolor añadidos, lo de menos serían los miles de afectados por las recientes inundaciones del Ebro, con las 10.000 cabezas de ganado ahogadas y las pérdidas económicas para el conjunto del país (reconstrucción de infraestructuras destrozadas, indemnizaciones a los afectados, lucro cesante, pérdida de cosechas, sangría para los seguros y reaseguros). En realidad, lo peor es la desgracia social.

El desempleo estable, las condiciones de trabajo degradadas, la imposibilidad en los jóvenes de independizarse son anécdotas ante la meridiana verdad de que la educación ya no es sinónimo de avance social. Esa especie de pacto social acordado hace cincuenta años, que buscaba el bienestar para todos y la posibilidad de alcanzar una sociedad más igualitaria, se ha hecho pedazos porque la gran fiesta prometida ha resultado ser para unos pocos. La magia del consumo, la libertad de comprar, ha terminado por desplazar otras libertades. Las protestas están mal vistas y pocos se atreven a parpadear ante el saqueo de la sociedad y el agotamiento de los recursos que nuestros nietos necesitan para sobrevivir.

Lo que nos queda es una sociedad rota e integrada por individuos solitarios que sería necesario reinventar. Para algunos analistas sociales la respuesta es más que una simple teoría social. Crear sociedades de intereses donde compartir, en lugar de competir, ofreciendo la seguridad y el respeto que el neoliberalismo y los mercados no ofrecen y nunca ofrecerán. Crear otra forma de educación, lejos de la actualmente programada para acceder a un empleo (que no se alcanzará) y que, en cualquier caso, habrá sido ideado para beneficio de unos pocos.

Hay otra clase de sociedad y de economía que toma decisiones a nivel local, donde priman la empatía y la solidaridad, respetuosa con la naturaleza y con el futuro amenazado por el cambio climático. Personalmente, cada vez que leo o escucho a quienes expresan estas ideas me acuerdo del Evangelio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario