LAS PENAS y ALEGRÍAS DEL MEDIO AMBIENTE, sus políticas y sus políticos.

martes, 6 de agosto de 2013

CONSUMO RESPONSABLE
No tienen arreglo

En los restaurantes de Francia, esa nación donde alimentación y gastronomía son casi cuestión de Estado, lo primero que te instalan en la mesa es una jarra de agua fresca. Del grifo, por supuesto. Pedir una botella de agua mineral en Francia es cosa de clientes enfermos, extravagantes… o españoles. Porque aquí, en España, hace muchísimos años que el agua potable embotellada se ha convertido en una de las grandes idioteces nacionales.

Acudes a un congreso, conferencia o reunión de trabajo y ves sobre las mesas, perfectamente colocados, la carpeta de documentos, el Orden del Día, un manojo de folios en blanco, el bolígrafo de usar y tirar, el vaso y el botellín de plástico con agua mineral o de “mesa”. En Europa, sobre las mesas de trabajo hay jarras con agua del grifo. Desde las reuniones empresariales y políticas, la imbecilidad del agua embotellada se ha trasladado a los restaurantes y bares, incluso hasta los más cutres y apartados. En una aldea del interior de Cantabria, este verano se me ocurrió solicitar al camarero, con mucha educación y gran sonrisa, una jarra de agua local y municipal. La respuesta fue contundente: “Si quieres agua del grifo, ahí al lado hay una fuente de la ostia”.

Días después del encuentro con el obtuso restaurador, se me antojó degustar un pescado azul, local y de temporada en un buen restaurante de la costa cántabra. Al explicar mis pretensiones al “maître”  me miró alucinado, pero yo le tranquilicé con un amplio abanico de opciones:

-No tengo preferencias. Pueden ser bocartes, sardinas, caballa, jurel, algún túnido o incluso palometa.
-No tenemos nada de “eso”, caballero – dijo con desdén.
-Entonces tomaría alguna especie de fondo de estas aguas tan productivas, como faneca, salmonete, maruca, lenguado, gallo, cabra, rape, rascacio,…
-Solamente lo que ve en la carta – cortó irritado el “maître”.


Pez Rey

En la carta aparecía besugo, merluza, lubina, dorada, rodaballo, calamares encebollados y Pez Rey. El besugo, prácticamente extinto en el Cantábrico por la sobrepesca, me llamó la atención y pedí puntualizaciones. El “maître” aclaró que, en realidad, se trataba de un “pancho”, pariente del besugo  y de inferior calidad. El resto debía ser de pescado de acuicultura porque eran peces “de ración” y pequeño tamaño. Las únicas opciones decentes en la carta eran la merluza, llegada hasta allí desde cualquier océano del planeta, y los calamares. Escogí los calamares, por ser una especie de crecimiento rápido y previsiblemente atrapada en las aguas costeras más próximas. Algunos de mis compañeros de mesa se inclinaron por el exótico Pez Rey.

Cuando llegó la hora de las bebidas solicité agua fresca.
-¿Con gas o sin gas? – preguntó distraidamente el “maître”.
-Evidentemente del ayuntamiento, en una jarra y con un par de hielos flotando – respondí.
-No tenemos jarras – aseguró.
-Pues me trae dos vasos grandes y ya me organizaré. Si se me acaba le pediré más.

Se fue sin responder. No me equivoqué con los calamares, pero quienes habían pedido Pez Rey quedaron chasqueados. En el plato que les pusieron delante había un pececito de piel anaranjada, ojos muy grandes y escasas carnes. Mis amigos se quedaron con hambre.


Acoso de Greenpeace a un arrastrero de profundidad

Antes de los postres, una chica mona vestida de cocinera ataviada de “chef”, con blusa blanca abotonada hasta el cuello, mandil negro arrastrando por los suelos y gorrito negro, se acercó a nuestra mesa para sondear nuestro grado de satisfacción. Mis amigos se quejaron suavemente de la escasez del Pez Rey. Ella, sin perder la sonrisa, explicó que últimamente los vendedores solamente ofrecían ejemplares pequeños. No me puede contener.

-El Pez Rey es una especie de  profundidad, escaso metabolismo, crecimiento lento y azarosa reproducción. Pescarlos y comercializarlos es una barbaridad y la prueba es que han acabado con los ejemplares adultos y ahora están saqueando los pequeños.  Estimada “Chef”, no debería comprarlos y ofrecerlos a sus clientes, sino seguir la corriente europea de ofrecer en su cocina pescado sostenible y local, preferentemente etiquetado. El secreto está en una cocina innovadora que saca partido a productos corrientes, baratos y abundantes, no en preparar especies en peligro de sobreexplotación.

La joven del gorro negro me miró horrorizada y confesó no saber nada al respecto, retirándose con la sonrisa congelada.

Lo del agua embotellada es, sin embargo, mucho más grave y profundo. Hacer negocio vendiendo en los restaurantes el litro (kilo) de agua al precio de la merluza fresca, embotellada en envases de plástico contaminante y sin que los clientes reaccionen, es una prueba de la grado de memez que últimamente paraliza a la sociedad española. Una sociedad que, al parecer, considera al agua potable del servicio público tan peligrosa como la que puede manar de los grifos en Bangladesh.


La tarea de desinformación llevada a cabo por los cretinos de siempre, en el sentido de pregonar las virtudes del agua potable “privatizada” empieza por negarte el agua del grifo en los restaurantes y enchufarte la basura del agua embotellada. Ya va siendo hora de reaccionar para poner a esa gente en su sitio. En otra ocasión comentaré las porquerías que se están detectando en el agua mineral (?) embotellada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada