LAS PENAS y ALEGRÍAS DEL MEDIO AMBIENTE, sus políticas y sus políticos.

viernes, 22 de mayo de 2015

ALITAS DE POLLO
Descenso a los infiernos




Mañana es una “jornada de reflexión”, previa a las elecciones del 24 de mayo de 2015 donde los ciudadanos españoles elegirán sus representantes en ayuntamientos y gobiernos regionales. Dedicar un día para reflexionar, aunque sea cada cuatro años, es buena cosa. Puestos a ello, reflexionemos sobre la desigualdad, la pobreza, la intolerancia y la podredumbre que se ha adueñado de buena parte de la sociedad española.

Hay otras reflexiones. Me siento a la mesa dispuesto a degustar una alitas de pollo cocinadas al curry y decido reflexionar sobre las aves que ahora me ofrecen sus atrofiadas y enclenques alas. Unas alas incapaces de volar. Éstas pobres alas pertenecen a un puñado de pollos jóvenes, muertos con apenas cuarenta días de edad. Porque esa es la esperanza de vida de cualquier pollo industrial, de cualquier “broiler”, que es como se llama al pollo en la espantosa jerga técnica.

Cuesta trabajo imaginarse los cuarenta días de vida del propietario de una de las alitas. Una breve y apretada vida compartiendo un metro cuadrado con otros quince o veinte compañeros, también castrados y con el pico recortado con alicates nada más salir del huevo. Dos veces al día, ochenta veces en toda su vida, en su único mundo, en el barracón del “gulag” aparecía un gran ser que se llevaba a manojos los colegas muertos y pisoteados por los demás sobre el suelo reblandecido por las deyecciones.

Morían de pánico, de asfixia y de enfermedades como la influenza, la salmonelosis, la coccidiosis, los colibacilos, las micoplasmosis, el mal de Gumboro, la ascitis, la enfermedad de New Castle,... Los que no enfermaban sufrían dolorosas quemaduras en las patas, en el pecho y en los culos desplumados, a causa del roce permanente con el amoniaco del suelo. Otros se derrumbaban y clavaban el recortado pico en el suelo, aplastados por su propio peso, deformados y aptos únicamente para ser troceados y vendidos como alitas, pechugas o muslitos sobre bandejas de canceroso poliestireno.

El guardián que pasaba a recoger los muertos cada doce horas deambulaba emitiendo espantosos gruñidos. Era una tos seca, fruto de la bronquitis crónica causada por respirar el aire del atestado barracón donde flotaban la caspa de las aves, esporas de hongos y mohos, bacterias y micotoxinas, moléculas de medicamentos y pesticidas, vapores de amoniaco y anhídrido sulfúrico mezclados con endotoxinas.




Tras cuarenta días de infierno, alguno de los 120 mataderos de "broilers" autorizados en España se llevaba en cajas a los supervivientes, mantenidos en ayuno desde doce horas antes. El hambre antes de la decapitación. Una vez vacío el “gulag”, habría sido limpiado y desinfectado con agresivos productos químicos antes de albergar a la siguiente generación de pollos recién nacidos, ya castrados y amputados, a lo largo de otros cuarenta días satánicos.

Observo las alitas de pollo en mi plato, calculando los antibióticos que acumulan en sus escasas carnes. Esos antibióticos que dejan a los humanos indefensos ante las bacterias más resistentes y peligrosas. Pienso en los blanquecinos excrementos generados por los 300 millones de aves que se “fabrican” anualmente en España, cargados de fosfatos solubles que anegan los cursos de agua y los eutrofizan .

Imagino los millones de toneladas de semillas de soja importados para alimentar a los millones de "broilers", llegadas desde Argentina o Brasil después de  desforestar las selvas y arrasar las praderas con pesticidas y transgénicos de Monsanto. Recelo de los peligrosos “campylobacter” que lleva en su piel el 85% de los pollos comercializados y que matan a miles de europeos cada año, además de causar dolorosas diarreas a otros cientos de miles.

En España se consumen 25 millones de pollos cada siete semanas. Apenas es necesario importarlos del extranjero, porque las 155.000 explotaciones esparcidas sobre nuestra geografía cubren la práctica totalidad de la demanda nacional.

No existe afán de mortificar al lector con esta desagradable reflexión. Tampoco anida en ella el deseo de sabotear un mercado, el avícola, sabiendo que para demasiados ciudadanos el "broiler" es la única fuente de proteína accesible en estos tiempos de miseria pública. Tan solo quiere ser una llamada de atención sobre nuestra insensible sociedad, acostumbrada a comer objetos industriales obtenidos con daño y dolor. 
Bajemos nuestro consumo de carne animal, aunque sólo sea por conservar un poco de dignidad y decencia, en estos tiempos de indecencia e indignidad.

martes, 19 de mayo de 2015

CANTABRIA Y EL MERCURIO
Una ministra en Torrelavega

La factoría Solvay en Torrelavega /España)

La expectación podía haber sido intensa. Sin embargo, la reciente visita de la ministra de Trabajo del Reino de España, Fátima Báñez, a la ciudad cántabra de Torrelavega y sus industrias (12 de mayo de 2015) quedó en nada. Peor aún, quedó en bochorno y estupefacción para quienes esperaban respuestas.

La señora ministra, atentamente recibida por políticos regionales de su partido (Partido Popular) y por destacados empresarios del lugar, declaró tras la visita que empresas como la multinacional belga Solvay eran un modelo de “la innovación y el talento como forma de competir”. Una rotunda afirmación que fue ampliamente difundida por los medios regionales y que merece una ligera reflexión.

Solvay Torrelavega es una de las industrias químicas más antiguas de Cantabria. Tan vieja que es de las pocas que todavía conservan el sistema de celdas de mercurio para producir Cloro sosa (Chlorine). El sistema, aplicado por el químico belga M. Ernesto Solvay en sus industrias desde 1892, es altamente contaminante y ha convertido la cuenca baja del río Besaya, donde vierten las aguas residuales de Solvay, en un sumidero y depósito de mercurio. Hay tanto mercurio, que Suances, la Ría de San Martín y el viejo puerto de Requejada son áreas “intocables”, a causa de la brutal acumulación del metal en los fangos, arenas y aguas circundantes.

En el año 2004, la planta Solvay Torrelavega emitía, según datos del EPER (Inventario Europeo de Emisiones Contaminantes) unos 74 kg de mercurio anuales al aire de Torrelavega y otros 66 Kg a las aguas de la zona (fluviales y marinas). En el año 2009, gracias a las medidas correctoras impuestas desde Bruselas, las emisiones se habían reducido a 49 Kg anuales de mercurio, con 27 Kg a la atmósfera.

En el resto del planeta, el sistema utilizado por Solvay desde finales del siglo XIX estaba siendo desmantelado. Si en 2002 había en el mundo civilizado 90 plantas de producción de cloro que utilizaban el sistema de celdas de mercurio (producción de 9.000 toneladas/ año), en 2011 se había reducido a 53 fábricas que producían 5.200 Tn/año. La razón era la progresiva sustitución de un procedimiento altamente contaminante por el sistema llamado “de membrana”. La propia multinacional Solvay estaba inmersa en este proceso de reconversión (innovación) en sus variadas factorías.

Solvay cambió el método de celdas de mercurio en sus plantas de Rosignano (Italia) en 2006; de Bussi (Italia) en 2007; de Santo André (Brasil) en 2009; de Lillo (Bélgica) en 2012 y de Tavaux (Francia) en 2013. En ese último año, de las 13 fábricas de cloro que operaba Solvay en el mundo, solamente cuatro mantenían el venenoso sistema, con dos en España, una en Bélgica y una en Argentina. Entre tanto, la normativa comunitaria se ponía seria (sin exagerar) ante uno de los metales pesados más dañinos para la salud humana (destruye el sistema nervioso) y para la biosfera, exigiendo el cierre de nuestras minas de Almadén, convirtiendo la simple posesión de un termómetro de mercurio en delito (Suecia) y declarando al mercurio como el enemigo público número uno de Europa y de los europeos.


La ministra Báñez posa, rodeada de autoridades, políticos y directivos empresariales, en el día de su visita a la planta Solvay de Torrelavega

No obstante, el día 12 de mayo de 2015 la planta Solvay Torrelavega resultaba ser para la ministra de Trabajo, Fátima Báñez un brillante ejemplo de innovación y competitividad. Funcionando todavía con el sistema de celdas de mercurio, y con el plazo del 1 de diciembre de 2017 como límite impuesto por Europa para el cese definitivo de las emisiones, la matriz de la multinacional tenía dos opciones: reconvertir la fábrica de Torrelavega, como ha hecho con las cinco antes citadas, o bien olvidarse de la innovación y apagar la luz.

Al parecer, en diciembre de 2014 optó por la segunda elección. No tuvo la deferencia de advertir de su renuncia a la Innovación a la señora ministra. A los trabajadores les dijeron que invertir unos 30 millones de euros en desmantelar las celdas, limpiar el lugar de todo rastro de mercurio y reemplazarlo por el método de membrana no les resulta rentable. La intención de la empresa belga es cerrar esta línea de negocio, quizá venderlo y recolocar (poner en la calle) a los 120 trabajadores dedicados hasta ahora al cloro. Todo un ejemplo de innovación y de talento en la forma de competir y crear empleo en una comarca y una región castigada por la desindustrialización. Hay que señalar que el día de la visita a Solvay, la ministra y su cortejo se cuidaron muy mucho de asomarse a otra gran fábrica de Torrelavega, la Sniace, modelo de innovación

Cabe preguntarse qué clase de delirio paranoico afecta a determinados líderes de nuestro reino cuando entran en Campaña Electoral y caen profundamente sumergidos en la pesadilla de convencer a los votantes. Uno se pregunta qué clase de “Asesores”, maravillosamente remunerados con el dinero de nuestros impuestos, les susurran al oído una sarta de mentiras, medias verdades e idioteces que los estupefactados receptores del mensaje sueltan sin el menor rubor. Esas frases sin sentido son luego reproducidas, al pie de la letra, por algunos de los medios de comunicación más estúpidos y aborregados de Europa.

Uno se pregunta qué clase de ciudadanos leen esos medios de comunicación y se tragan, sin masticar ni ensalivar adecuadamente, estos pomposos y recocidos guisos largados por los políticos, y que luego digieren en sus reblandecidas meninges sin padecer ictus cerebrales o migrañas, sin emitir un solo eructo, sin lanzar una ligera ventosidad, sin la menor acidez, pestilencia o mínimo retortijón. Los embustes les sientan tan estupendamente que corren presurosos a votar al embustero en cuanto les dejan.

Desde aquí, en vísperas de acudir a las urnas, un muy sentido recuerdo para todos los ciudadanos azogados en el entorno de Solvay Torrelavega, planta modelo de innovación y modernidad.


viernes, 15 de mayo de 2015

AZNALCÓLLAR
Celebrando un “Día Internacional" del medio ambiente


Aznalcóllar 1998


La peste de Aznalcóllar retorna a la diminuta y cateta memoria colectiva del reino de España. Una memoria pequeña, como corresponde a un reino poblado de ilectos e idiotas. Al menos, así deben considerarnos los rubiacos empresarios suecos de Boliden, empresa propietaria de la concesión minera de Aznalcóllar y causante de uno de los mayores vertidos contaminantes que se recuerdan en Europa.

Han pasado veinte años desde que los primeros informes técnicos advirtieran del peligro de rotura en la balsa gigante de almacenamiento de lodos tóxicos de Boliden (1995).  Una balsa recrecida sin control y donde se vertían venenos ajenos a la propia explotación minera, ante la ceguera y la pasividad de la Junta de Andalucía (PSOE). 

Se nos han ido por entre los dedos diecisiete años desde que la balsa se rompiera, inundando de venenos persistentes un sector del Parque de Doñana (1998), joya de los espacios naturales europeos. En 2002, el Consejo de Ministros (Partido Popular) del reino impuso una multa de 45 millones de euros a la empresa Boliden, que se apresuró a anunciar que no pagaría.

En 2004, la Junta de Andalucía (PSOE) reclamó 90 millones de euros a Boliden, para compensar los gastos de limpieza. Boliden tampoco los pagó, gracias a oportunas sentencias del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía y del Tribunal Supremo del reino (2011). Ahora, la Junta de Andalucía (PSOE) adjudica el yacimiento de Aznalcóllar y sus mierdas a otra empresa minera contaminadora (catástrofe de Sonora - México, 2014) y en medio de denuncias judiciales por supuestas y extraordinarias irregularidades concursales por parte de las autoridades regionales.

Cuando faltan 48 horas para celebrar el Día de los residuos, del reciclaje o algo parecido, recordar la miseria de Aznalcóllar es oportuno y, además, está de actualidad. Como señala el investigador Javier López Linage (CSIC), en momentos de crisis ambiental en España se sigue la estrategia latina, donde, principalmente, «se busca ocultar con rapidez el conflicto social o amortiguarlo con cantidades arbitrarias de dinero público, bajo el pretexto de indemnizar rentas de trabajo y de explotación a agentes económicos potencialmente problemáticos.»

Estas palabras fueron pronunciadas en Santiago de Compostela por López Linage en el año 2003, tras el vertido masivo del “Prestige”, resaltando entonces que “el sistema administrativo y jurídico no funciona y eso, en la práctica, significa la protección efectiva de los intereses industriales y financieros por encima de otros valores sociales; por encima de eso tan etéreo, pero, al tiempo, tan identificable siempre como el bien común”.

Esta es la doctrina que ha guiado las políticas ambientales españolas, a pesar de las Directivas comunitarias sobre medio ambiente, nunca bien miradas por los políticos más sucios e ignorantes. Estamos a dos jornadas del Día Mundial del Medio Ambiente y la situación ambiental empeora en España. El único alborozo manifestado por algunos medios de comunicación es que el reino bate un récord de Banderas Azules en sus playas. Unos trapos azules entregados a los ayuntamientos por la empresa privada que los vende.

Entre tanto, Vigo sigue sin depurar sus aguas fecales y la playa de Suances (Cantabria) sigue recibiendo el mercurio de las plantas químicas de Torrelavega. Los millones de euros de multa y compensación reclamados a la minera Boliden han sido como el papel mojado, pero el actual gobierno del reino, todavía en manos del Partido Popular, redacta otros papeles que añaden unas gotas de desprecio al ciudadano.

Son las multas previstas en el borrador de normativa energética que prepara, desde hace meses, el Ministerio de Industria, Energía y Turismo, destinadas a los ciudadanos o empresarios que no declaren sus paneles fotovoltaicos para autoconsumo eléctrico. La sanción llegaría a los 60 millones de euros, muy por encima de la impagada multa de 45 millones a Boliden y su riada tóxica. El doble de cuantía que por abandonar material radioactivo (30 millones) en cualquier lugar público. Diez veces más que la multa prevista para empresas alimentarias que utilicen substancias tóxicas dañinas para la salud en sus productos de venta al público (600.000 euros).

¿De dónde surge esta aberración? Nace del miedo. Del pavor que despierta entre los dirigentes de las corporaciones eléctricas y sus políticos amaestrados la posibilidad de que los ciudadanos sean energéticamente independientes. La temible posibilidad de que la democracia se extienda y profundice. El pánico a que los ciudadanos reaccionen, se agrupen y cooperen entre si.

Otra explicación: causar un destrozo ambiental como el de Doñana, irradiar a la población con radionucléidos, envenenar a niños con leche adulterada, extender el cáncer con el descontrol de los productos químicos serían delitos que atentan contra las personas, su salud y su futuro. En todo caso serían "malas prácticas comerciales". Pero las personas no figuramos entre las prioridades del sistema, salvo durante la semana previa a unas elecciones. Sin embargo, atentar contra los colosales beneficios económicos de cuatro empresarios es un crimen que merece la mayor de las sanciones.

El resultado para una nación donde el sol luce con inusitada fuerza es que el reino de España instaló 22 Mw de potencia fotovoltaica en 2014, mientras que Francia puso en marcha 1.000 Mw y en el Reino Unido, nación de brumas y lluvias, creció en 2.270 Mw.

Se acerca la fecha de las elecciones regionales y municipales, a las que concurren los dos grandes partidos (PSOE y PP), perfectamente enjaezados y con el bocado bien sujeto a las mandíbulas, llevados dulcemente de las riendas por empresarios y financieros. Para un patriota que ama a su país, votar cualquier alternativa democrática capaz de sacar de las instituciones a los representantes de estos grupos, tan profundamente carcomidos por la corrupción, la soberbia, la ignorancia y la avaricia, es una urgencia nacional.


Viene al caso la frase de Epicuro que Javier López Linage incluye en uno de sus magistrales artículos sobre el Plan Hidrológico Nacional (2002) y sus delirantes trasvases: «nada es suficiente para quien lo suficiente es poco» 

miércoles, 13 de mayo de 2015

ESTO NO ES LO QUE PARECE
Paradojas del clima y del idioma


Temperaturas en el Reino de España el miércoles 13 de mayo de 2015
(Cortesía de AEMET)

Miércoles 13 de mayo de 2015. En el sur de la región de Madrid se rozan los 40º C. Más abajo, en Sevilla, disfrutarán hoy de 41º C y en Bailén, escenario en 1808 de la batalla que perdieron las tropas de Napoleón frente al general español Castaños, se superarán los 42º C.

Un periódico de tirada nacional se hace eco de este curioso fenómeno climático que nos trae temperaturas propias del mes de julio en la segunda semana de mayo: la culpa la tiene el anticiclón de la dorsal atlántica. Además, según argumenta un técnico de nuestra AEMET (Agencia Española de Meteorología), lo que está viviendo el Reino de España en estos días “no” es una ola de calor.

Aunque el Diccionario de la Lengua Española (Real Academia Española 21º edición) recoge la voz “ola” como “fenómeno atmosférico que produce variación repentina en la temperatura de un lugar”, la actual “ola de calor” no lo es porque no se comporta como tal ola, al llegar repentinamente y terminarse en breve plazo. Según el técnico, para ser una ola de verdad, debería llegar, establecerse varios días con nosotros y luego retirarse, comportándose como una especie de “marea”, no como una fugaz “ola”.

Con esta fabulosa I+D+i, con esta castiza interpretación de la ciencia y esta manipulación del idioma deberíamos estar arrasando. Menos mal que la NOAA norteamericana lo avisó hace unos meses, al predecir para la península Ibérica un verano seco y muy caliente. Esto debe ser el preámbulo de un inolvidable verano.

Si no estamos ante una ola de calor, sino viviendo un capricho térmico de la “dorsal atlántica”, lo del cambio climático debe ser un contubernio. Cada vez estamos más divertidos con esta gente que nos gobierna a todos los niveles y en todas las latitudes. Como muestra un botón.




Hace un mes, la Fundación Bill y Melinda Gates (Microsoft), se sumaba a la campaña “Keep it in the ground” lanzada desde el diario "The Guardian", promoviendo la desinversión en activos financieros ligados a los combustibles fósiles. Se trataría de dejar enterrada en el subsuelo la mayor cantidad posible de petróleo y carbón, para así frenar las calamitosas consecuencias del cambio climático y estimular, con los fondos desinvertidos, la expansión de las energías renovables.

Como es natural, tuve la deferencia de adherirme a la causa junto con otras 200.000 personas del mundo mundial (balance de firmantes a 12 mayo 2015). Lo maravilloso fue, pocas semanas después de la adhesión, la recepción de una atenta carta de la Fundación y The Guardian. En ella, se me instaba a aportar ideas, sentimientos y palabras que pudieran se empleadas en la dicha campaña.

No hacen falta más ideas porque ya está la ciencia diciendo lo que se avecina. La petición es una solemne memez. Lo que se necesita es más cultura, más formación, más criterio y, sobre todo, más democracia. Para frenar el cambio climático se precisan votos que frenen, moderen y humanicen el actual y desenfrenado capitalismo corporativo que atenta contra la naturaleza, la salud humana, los recursos de nuestros nietos y el clima en cada momento y con la complicidad, estúpida o interesada, de los políticos. 

La mejor forma de medir el actual déficit democrático es comprobar el desinterés generalizado de los políticos hacia el destrozo de nuestro medio ambiente y hacia la locura que nos prepara el clima global. Un desprecio que no duda en pudrir el idioma y que sigue burlándose del ciudadano con la mayor desvergüenza y con la boba complicidad de muchos medios de comunicación.


jueves, 16 de abril de 2015

"OLEG NAYDENOV"
Con las manos en la masa


El "Oleg Naydenov", en el año 2010, sobre las gradas de Astican (Puerto de La Luz - Las Palmas de Gran Canaria) para hacer sus reparaciones y sus mantenimientos periódicos. Su nombre es visible en la aleta de estribor

La pesca ilegal, no documentada y no regulada (INDNR), internacionalmente conocida como pesca IUU (Ilegal, Unreported and Unregulated) es un azote para el Derecho internacional, una fuente de soborno y corrupción, una actividad mafiosa que golpea a las naciones en desarrollo y saquea los océanos, una afrenta a los derechos humanos porque, en ocasiones, usa tripulaciones esclavizadas, y es una pesadilla para los pescadores artesanales más pobres. Hoy nos anuncian que un cliente habitual del puerto de Las Palmas de Gran Canaria (Reino de España) se ha hundido. Es el enorme arrastrero factoría ruso “Oleg Naydenov”, tripulado por 62 rusos y 23 africanos, arrasado por un pavoroso incendio.

Lo de “arrasado” y “pavoroso” es muy de novela, pero describe bien el estupendo del fuego que se ha propagado por el buque, hasta el punto de ser imposible apagar tanta llama. Después de horas vertiendo cientos de toneladas de agua sobre los 136 metros de eslora del buque, y mostrando una escora a babor de 11 grados, las autoridades españolas se han debido decir: “Este bicho no se apaga y se està llenando de agua, terminará dando la voltereta y se nos hundirá en pleno puerto de La Luz dejándonos un marrón de cuidado. El Señor no lo permita”.


El escorado buque factoría ruso arde furiosamente en mar abierto, alejado del puerto por remolcadores y vigilado por unidades de Salvamento Marítimo. Destaca la extensión del incendio, propagado de proa a popa. La fea humareda negra procede de la combustión de las redes de pesca (fibra sintética), estibadas a popa. 

Así que se lo han llevado a rastras a una decena de millas al sureste de Gran Canaria y allí, discretamente, se ha despedido envuelto en la humareda sin el llorado adiós de sus trabajadores agitando pañuelos. Ahora reposa a más de dos mil metros de fondo con casi 1.500 toneladas a bordo de fuel pesado (HFO - 380) y otros miles de litros del gasóleo utilizado en los generadores Diesel.

No deberíamos derramar lágrimas por el panzudo “Oleg”. En 1990 empezó su vida dignamente en los astilleros Volkswerft de Stralsund (Alemania), hoy rebautizados como Nordic Yards Stralsund. Debió ser una de las últimas construcciones del astillero estatal (República Popular Alemana), antes de su privatización tras la reunificación del país. Se bautizó con el nombre de “Leonid Galchenko” y se puso a trabajar para la naviera Murmansk Trawl Fleet Co (Federación Rusa). En 2006 fue rebautizado y trabajaba en comandita con su colega “Kapitan Boromolov”. En febrero de 2012 fue descubierto pescando sin permiso en aguas de Senegal. En enero de 2014, un avión militar francés le sorprendió en idéntica situación, fue apresado por la marina militar senegalesa y conducido al puerto de Dakar.


El "Oleg" trabajando con el nombre enmascarado mediante paneles móviles. Se pueden apreciar las dos últimas letras del nombre "... NOB" escrito en caracteres cirílicos, lo que señala una foto antigua

En Senegal no tienen simpatía por estos mastodontes de los océanos. El “Oleg” es capaz de pescar 18.000 toneladas de peces al año que en sus entrañas congela y empaqueta. También fabrica 5.800.000 latas de conserva y llena varios miles de sacos de harina de pescado, elaborada con tripas y espinas . Sus presas son sardinas y pequeños peces pelágicos que atrapa al arrastre (peces forraje), con gran dolor para los pescadores artesanales locales cuyas capturas y alimento diario consiste, en un 80%, en esos peces cuyas poblaciones están sobreexplotadas.

Tras la detención del buque hace más de un año, los rusos más soviéticos se rasgaron las vestiduras en un lamento ofendido. Según relataba el diario Pravda, próceres de la Duma aseguraban que el apresamiento del inocente buque se debería a las insidias del Eje maligno Paris – Washington – Dakar – Greenpeace. Finalmente, el 16 de enero de 2014  el “Oleg” fue liberado. Difícil saber si tuvo que abonar los 832.000 dólares de multa propuesta.

El buque recaló en el puerto canario de Las Palmas el 3 de marzo de 2015 para sus aseos y reposos. Tenía la intención de zarpar en breve hacia aguas de Mauritania, pero un oportuno incendio ha estropeado su viaje. Ahora quizá dirán en el Pravda que Madrid se ha unido al Eje maligno.


Imagen de Greenpeace, donde unos voluntarios tratan de arrancar la máscara que oculta el nombre del "Oleg Naydenov" mientras trabaja (lleva los artes desplegados, como indican los cables que surgen de la popa). Los casi cien hombres de la tripulación no se asoman por la borda, a pesar de que están siendo incordiados. En esta ocasión el panel de enmascaramiento entona más con el color del casco. A la derecha, el viejo nombre, más grande, ha sido oportunamente manchado y medio borrado. El buque tiene una carga de trabajo de 257 días de faena al año.

Un pirata menos. ¿Debería escribir “presunto pirata”? Tengo serias dudas después de ver dos retratos de su rechoncha popa, tomados en alta mar y en plena faena, donde aparece con su nombre ensuciado y enmascarado para evitar ser identificado por las autoridades. Los buques de pesca ilegales hacen esas cosas, igual que los ladrones se tapan la cara en los atracos.

No faltarán voluntarios que cubran el hueco dejado por “Oleg” en las filas de los piratas. No es el primer buque acusado de piratería que se hunde de forma rápida y sin causar daños personales. Algún político ruso, como los que lamentaban en Moscú el último apresamiento, afirmaba que los recursos naturales de mar están escaseando cada vez más, que las aguas africanas son todavía un buen cazadero - caladero y que… tonto el último.

sábado, 11 de abril de 2015

¿ECOESCÉPTICO?
Residuos al límite de la paciencia


Bellos y occidentales recicladores en Ecoembes

Al parecer, soy uno de tantos ecoescépticos que recelan de la entidad denominada Ecoembes. Para quienes todavía no saben lo que es Ecoembes y sus campañas de reciclado tengo mucho gusto en explicarlo en pocas frases. Se trata de una asociación de empresas privadas que nos venden productos o alimentos dentro de sus embalajes.  Al subrayar la palabra sus, llamo la atención del consumidor sobre el hecho de que al comprar en el supermercado un bote de plástico conteniendo champú pagamos por el contenido, pero no nos convertimos en propietarios del bote, ya que el recipiente sigue perteneciendo al fabricante del champú.

Cuando se nos acaba el champú, el bote vacío debe retornar a su propietario, el fabricante que lo ha puesto en el mercado, para que éste haga con él lo que le indica la ley. La ley española, que deriva de una Directiva europea, le dice que lo debe reutilizar, o transformar en otra cosa, o quemar para obtener energía, o depositar en un lugar donde nunca cree problemas al medio ambiente. Este sistema de recoger y tratar los envases y sus residuos se llama Sistema Integrado de Gestión (SIG).

La asociación privada Ecoembes aparece como un elemento básico del SIG, instalando contenedores propios por las calles donde almacenar sus envases, que en el Reino de España se distinguen por su color amarillo. El otro elemento básico del SIG es la buena voluntad del consumidor, estimulado o “concienciado” para que juegue su gran papel de separador, seleccionador y transportador de los envases propiedad de las empresas asociadas en Ecoembes hasta el contenedor más próximo. Sin la ayuda diaria del ciudadano el SIG se desmorona.

En estos últimos días se agita la campaña de Ecoembes bajo el sugerente título “Creados para reciclar”. El argumento es simple: seres humanos etéreos y angelicales, casi transparentes, rubios y de piel sonrosada se funden con bellos paisajes de bosques y montañas. “Hemos sido creados para reciclar”. Un sopapo doctrinal para quienes sigan pensando que hemos sido creados AMDG (A Mayor Gloria de Dios). Esto es así porque la Tierra, aún contando con su inmensa sabiduría y esa sabia perfección donde nada se desperdicia, obtenida en millones de años de evolución y adaptación, la muy cretina no sabe todavía reciclar nuestra mierda.

En realidad, la imagen de seres humanos transparentes nos señala como inocuos. Parece insinuar que estamos sobre la Tierra como un soplo inocente de brisa. Si fabricamos pesticidas, si llenamos de plástico los océanos, acumulamos tóxicos persistentes en el suelo, destruimos la biodiversidad  y ensuciamos el aire, no es porque seamos una sucia plaga gobernada por gente sucia, sino porque la Tierra es idiota. Una retrasada sin tecnología que no se adapta a nuestra estupenda sociedad de consumo.

Nosotros (Ecoembes) estamos aquí para ayudar a la estúpida Madre Tierra, para auxiliar a la torpe Madre Naturaleza que no sabe literalmente qué hacer con el venenoso hexaclorociclohexano (Lindano) esparcido por Bilbao y Sabiñánigo, con el siniestro Bisfenilo A que anida en las latas de conserva, con una mortífera radiación de Plutonio o con el poliestireno de la bandeja que guarda nuestras pechugas de pollo cargadas del campylobacter, todos ellos fabricados por los divinos seres rubios del anuncio. Una campaña para descerebrados.

La telenovela emitida por Ecoembes coincide con los datos publicados por Eurostad (Oficina de estadísticas de la Unión Europea), donde el Reino de España sigue reciclando menos de lo previsto y plantea serias dudas ante el horizonte de 2020. Para algunos firmes defensores del SIG, esos datos están equivocados y en realidad reciclamos mucho más. Lo que pasa es que en Eurostad nos tienen manía o son idiotas que usan datos contradictorios.

Lo más bonito que nos dicen en Eurostad es que reciclamos el 66,5% de los envases depositados en los contenedores. Un porcentaje sobresaliente y que supera a los mostrados por Noruega, Suecia y Finlandia, lo que invita a la meditación trascendente. Sin embargo, por otro lado nos dicen que solo tratamos correctamente el 30% de todas nuestras basuras (20% de reciclaje y 10% de compostaje), lo que conduce a la perplejidad intrascendente.

Hace décadas que los “Ecoescépticos” ruegan que los porcentajes de envases reciclados que utiliza Ecoembes se refieran a envases fabricados y puestos en el mercado por las empresas adheridas a Ecoembes, no a los envases recogidos. Cada vez que se pide el dato anual total de todas las tarrinas, botellas, botes, latas y garrafas de plástico repartidas por las estanterías del país, el silencio suele ser norma. Personalmente, no dudo que el SIG recicle el 66,5% de los envases que llegan a sus contenedores, pero todos sabemos que en los contenedores no se deposita todo lo fabricado y distribuido. ¿Dónde está el resto?

El problema de credibilidad y eficiencia no es exclusivo del Reino de España. Sociedades europeas más autocríticas han puesto en marcha el SDDR (Sistema de Depósito, Devolución y Retorno) que dispara las buenas cifras de recogida selectiva y de reciclaje, ya que el envase es “vendido” al consumidor y éste recupera su dinero al entregar el envase vacío para su tratamiento legal. Lo malo del SDDR es que las grandes distribuciones lo detestan, así como los fabricantes de envases.

No obstante, resulta sosegante contemplarnos en la Campaña “Creados para reciclar” como un grupo de semidesnudos espíritus puros e inocentes, incapaces de destruir el clima con nuestras deyecciones y destruir a nuestra propia especie esparciendo alegre y abundantemente perturbadores hormonales y herbicidas como el Roundup de Monsanto (Glifosatos N-Fosfonometilglicina). Una mierda declarada oficialmente hace un par de semanas por el laboratorio IARC – Organización Mundial de la Salud, como substancia cancerígena incluida en el Grupo 1. Tan cancerígena como el benceno, el amianto o la radiación nuclear. Eso sí que no se puede reciclar. 

Es lógico que los ecoescépticos proliferen. 

jueves, 26 de marzo de 2015

SEGURIDAD VIARIA y MEDIO AMBIENTE
Las sinergias necesarias

Una imagen de racionalidad

Hay muchas formas para describir nuestra sociedad occidental del momento y una de ellas se parece a un mueble repleto de cajones. Cada aspecto de la sociedad, de la política y de la economía dispone de su particular cajón, pero pocos políticos y gestores son hoy capaces de contemplar el armario completo. La tendencia a la compartimentación en la toma de decisiones se está agudizando desde la implantación del “ideario” único. Una supuesta doctrina donde las políticas se dictan a la medida de la economía de mercado, sustituyendo a una economía al servicio de las políticas. La consecuencia es descoordinación, inestabilidad e ingentes daños.

En los años setenta, en los Estados Unidos se extendió la figura del “analista de sistemas”. Empresas e instituciones buscaban a ciudadanos de mente universal y formación humanista, capaces de abarcar el funcionamiento de completos sistemas empresariales y administrativos. En los años siguientes, esta visión extendida se llamó “sistémica” y ayudó a solucionar no pocas disfuncionalidades en la sociedad. Por esos años también se acuñó el término “ecosistema”, susceptible de desentrañar las complejas relaciones existentes entre los elementos que conformaban un hábitat.

El siglo XXI avanza y el pensamiento único, resumido en el Gobierno de los Mercados, apenas deja espacio a las cuestiones relacionadas con el medio ambiente. Lo cierto es que pocas facetas del saber humano son tan dispersas y complejas como es entender el funcionamiento de la biosfera y de los mecanismos que regulan la vida en el planeta. Solamente un buen “analista de sistemas” sería capaz de extraer consecuencias globales a partir de la interacción de numerosos factores locales.

La actual tendencia es la desregulación. Con este principio como guía, de nada sirve tratar de entender la globalidad de un sistema. No interesa conocer las consecuencias a medio y largo plazo de cada actuación singular, ya que prima la inmediatez del resultado. Entonces,  ¿qué sentido tiene meditar sobre la posible destrucción de los soportes vitales del planeta cuando el único propósito es cerrar los ojos ante la deriva de la sociedad humana? Desde la extensión de las religiones brotadas de “El Libro” (judaísmo, cristianismo, islamismo), el objetivo fue civilizar a la sociedad, regularla y humanizarla con ideas como la igualdad, la solidaridad y el respeto.


El exceso de velocidad ha sustituído al razonable "velocidad inadecuada"

Salvo un puñado de excepciones, la sociedad más tecnológica del siglo XXI parece haber perdido estos principios y aspira regresar a las leyes de la selva y del más fuerte. Desregular, liberalizar, se ha convertido en la nueva religión cuyos máximos profetas tiene origen anglosajón. La visión global no interesa. La previsión y el futuro no existen. Lo importante es la máxima especialización en la producción, la bondad del siguiente dato macroeconómico, la avidez en los beneficios, el Casino IBEX en verde y la rapidez en los resultados.

La situación está afectando gravemente a la protección del medio ambiente. Es natural porque la protección ambiental implica control y regulación de nuestros actos, para no terminar por arruinar nuestra propia casa. El cambio climático, con lo que representa de regulación y contención, es un buen ejemplo de enfrentamiento frontal entre el liberalismo inhumano y la civilización humana. Sin embargo, la confrontación tiene facetas insospechadas, como es la seguridad en el transporte.

Desde que empezó el año 2015 se apunta un leve aumento en el número de muertos en las carreteras del Reino de España. Los 9.400 muertos de 1989 se convirtieron en los 5.000 del año 2000 y en los 1.114 del año 2014. Por no pecar de localista, Francia ha vivido un proceso similar de espectaculares descensos en la siniestralidad viaria, achacables a la firmeza en las sanciones, al carnet por puntos y a las restricciones en la velocidad máxima permitida.

En enero y febrero de 2015 los muertos del tráfico en el Reino de España vuelven a ser noticia. Desde las instituciones oficiales, el ligero aumento en el número de muertos en las carreteras es mirado con precaución, esperando a obtener series de datos más completas que confirmen tendencias. Resulta razonable, pero las alarmas están encendidas.

La razón de la prevención puede ser consecuencia de una especie de sorda obstinación en el error. Parece nacer de la repugnancia hacia la norma y de una permisividad “visceral” que coincide con la doctrina imperante y su patético llamamiento a la “libertad” de cada ciudadano de conducir su coche a la velocidad que le da la real gana,mientras no se queje en las calles. Las autoridades neoliberales sugieren aumentos de la velocidad máxima permitida en autovías y autopistas (130 km/h) y limitaciones en carreteras secundarias (90 Km/h), al tiempo que experimentan con nuevos radares fijos y móviles. Sin embargo, los grandes principios de la seguridad viaria siguen fuera de la comprensión de la ciudadanía.

Esos principios universales son meridianamente claros en las sociedades maduras. Los dos primeros son estructurales y están basados en las carreteras y en los vehículos. Si las vías se deterioran por falta de mantenimiento, la seguridad disminuye desde el momento en que el usuario no es capaz de percibir dicho deterioro. Si el vehículo sufre fallos técnicos, las inspecciones obligatorias (ITV) deberían garantizar la seguridad mecánica. Además, los avances tecnológicos en los nuevos vehículos pretenden disminuir los riesgos de accidente, aunque, paradoja, se siguen comercializando automóviles vulgares capaces de rodar a 200 Km/h, aunque no tendrían nunca ocasión de hacerlo sin burlar la ley.

Los principios no estructurales se refieren al comportamiento del conductor y a la estricta aplicación de normas de circulación. Pocas cosas son más frágiles que la percepción que un conductor tiene de la seguridad al volante. Mientras que las campañas publicitarias tienen efectos muy efímeros, hasta el más idiota sabe que reducir la velocidad reduce los siniestros y su gravedad. La tolerancia cero ante la infracción es imprescindible. Juguetear desde la administración con elevar los límites de esa velocidad resulta temerario, ya que induce a la relajación en la norma. De igual forma, anunciar con paneles, dispositivos o carteles la presencia de radares, tanto fijos como móviles, invita a aumentar la velocidad cuando no se anuncia su presencia.

Carreteras secundarias peor mantenidas por recortes presupuestarios y carencias en el mantenimiento de los vehículos por la penuria económica se conjugan con veleidades normativas en la velocidad que son percibidas por el conductor como mayor tolerancia, menor rigor y menor convicción al señalar las verdaderas causas de las muertes.

En realidad, el cajón de la seguridad vial sigue siendo eso: un simple cajón donde políticos de corto alcance rebuscan y trastean sin cesar. Otra vez nos colocamos ante la ausencia de sinergias. Limitar severamente la velocidad no es sólo la forma segura de disminuir los muertos y heridos en la carretera. Es también la forma más inmediata de disminuir las emisiones de CO2 a la atmósfera y reducir las emisiones de partículas cancerosas (PM).

¡Vaya! Aquí hay una sinergia no suficientemente explorada por miopes autoridades del tráfico, algo lógico en políticos que, sencillamente, detestan el medio ambiente. Pero esas autoridades neoliberales, tan enamoradas del dinero y del PIB, además del cajón ambiental deberían abrir otro cajón. sinérgico Es el de los ingentes daños económicos que causa la siniestralidad en las carreteras.


En Suiza contemplan la siniestralidad viaria de manera global.
Los accidente de carretera cuesta más de 4 mil millones de euros anuales al país

Suiza, nación que aparece profusamente en este blog, acaba de divulgar un estudio federal sobre esos costes en su territorio. En cada accidente, la activación de policías y agentes de tráfico, de bomberos y ambulancias, de grúas y posibles helicópteros para evacuar heridos, supone entre 10.000 y 15.000 euros de gasto. Al coste directo del suceso se suman los daños causados a la infraestructura, la posible reparación del vehículo, la hospitalización, la rehabilitación, la indemnización por el daño, la parada laboral y los lucros cesantes, sin mencionar el coste de una vida truncada.

Según el informe, cada accidente mortal en Suiza puede significar una media de 140.000 euros de gastos a la sociedad helvética. Contando todos los accidentes de carretera del país, cada año supone unos 4.200 millones de euros, lo que equivale al presupuesto anual destinado a la Defensa de la Confederación. Produce escalofríos pensar en lo que significaría para el Reino de España hacer ese estudio.

Bajar la velocidad en las carreteras y autopistas, utilizando para su control efectivo un garrote enorme y erizado de pinchos, no es solamente la forma de que menos personas mueran o queden inválidas de por vida. La sabia medida afecta a otros “cajones” del gran armario nacional, al bajar los consumos, las importaciones de petróleo extranjero, las emisiones que destruyen el clima del planeta y la contaminación del aire que mata a 48.000 europeos cada año. Además, se cerraría la gigantesca hemorragia económica provocada por los siniestros de carretera y por las ingentes enfermedades oncológicas, respiratorias y cardiovasculares en tanta ciudad irrespirable.

Cada vez es más urgente recuperar las olvidadas políticas ambientales